lunes, 30 de agosto de 2010

FELIPE. Capítulo X

Cada vez que Felipe se sentía angustiado y desbordado por su existencia, se refugiaba en el saber. Siempre sabía que podía encontrar en un libro de ciencias, una novela, una enciclopedia de historia, bálsamos capaces de remediar cualquier depresión existencial.

Salio a caminar mientras llenaba su vacío físico con chocolate negro, una potente medicina anti-depresiva. No le importaba caminar decenas de cuadras cuando se dirigía a la Biblioteca Nacional a dejarse llevar por la paz del hormigón armado y el olor a papel viejo. El cielo estaba de su lado ese día: era una masa única de aluminio fundido, sin diferencias de color, sin distinguirse ninguna nube, sin saber si el sol estaba encendido o lo habían reemplazado por una incalculable lámpara fosforescente.

Se dirigió ansioso al mostrador y pidió libros de pintura moderna, todo lo que este editado en color y repase la historia de las vanguardias del siglo XX. Investigo durante horas, hasta llenarse nuevamente, y se despertó en él un deseo de probar por si mismo qué le salía si intentaba pintar algo, cómo se sentía después, y si podría llegar a experimentar sensaciones similares a las que seguramente habría sentido Juana Tompson. De repente salio disparado para su casa, sentía ganas de expresar cosas que las palabras no le permitirían decir fácilmente.

Al cabo de toda una noche pintando cualquier idea que se le venia a la mente, de pronto lo sorprendió el amanecer y recordó la triste escena de la niña mirando su espejo. Sintió una profunda angustia, mezclada con una esperanzadora alegría. Con una nueva sensación de paz y alivio se durmió en el piso, como si nada hubiera cambiado en su vida. Un instinto ancestral se apodero de él al haber pasado horas expresándose en forma tan primaria y cruda que pocas personas creerían que se trataba de un hombre adulto. Comenzaba a entender que no toda la gente era igual, que algunos podían escapar de su coraza hostil a la defensiva y dejarse llevar por sentimientos valiosos e intangibles.

Al día siguiente se levanto y fue a trabajar lleno de esperanza. Una nueva sensación de vitalidad se apodero de el y lo hizo volver a apreciar la rutina de la que no se sintió preso, sino parte importante. Mientras hacia su trabajo no dejaba de pensar en cuanto podría valer el cuadro de la niña triste, cuanto ofrecerían todos esos snobs que solo pasaban a ver el Picasso, quien seria el extraño ser que le haría una contraoferta para que él no se lo lleve. De pronto pensó en otro plan más arriesgado: trataría de hablar con la autora para decirle que lo retire de la subasta porque él se lo compraría personalmente. Ella talvez pensaría que Felipe era un desquiciado excéntrico, talvez un asesino obsesionado con su obra, o que simplemente se trataba de un alma similar que tenia sensibilidades parecidas: ninguna de las tres, no tiene sentido, es una locura; pensó.

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