lunes, 31 de mayo de 2010

FELIPE. Capítulo IV

Con semejante hallazgo, Felipe se encontró de pronto frente a una contradicción que no podía entender: el haber evolucionado le permitió percibir ambos caminos del arte, dándose cuenta por si mismo de los infinitos senderos que puede seguir la mente humana, poseída por una inquietud artística; pero por otro lado le resultaba increíble el hecho de que solo él parecía advertir y reconocer el otro gran sub-grupo de artes que, en su mayoría, eran también obra del hombre, que están ahí delante de nuestros ojos todos los días, que nos sacan una sonrisa silenciosa cuando nos sorprendemos creando una de ellas, que nos enseñan a veces la grandeza y sencillez de la mente humana, y en otras ocasiones nos disminuyen al mínimo ante la perfección, azarosa o no, de la naturaleza.

El tiempo hizo entender a Felipe que también las artes generan, manifiestan y demuestran sentimientos intensos que tampoco percibe mucha gente. A veces la grandilocuencia de la técnica llevada al máximo, en forma gloriosa en algunos casos, hace aún mas difícil llegar a ésta raíz sensible y hasta sencilla de un producto artístico. Muchos “conocedores” se desinflan de palabras de elogio a determinada pincelada, o la forma proporcionada en que se ubican los protagonistas de la composición y jamás se hace referencia al oscuro camino que lleva al artista a expresar determinada idea o sentimiento.

Esto es peor aún dentro de las artes cotidianas, supo observar Felipe, ya que, en la gran mayoría de expresiones de esta “corriente” la técnica es prácticamente nula y hasta incluso, éstas artes se manifiestan por puro azar, que nunca es tal si se indaga a fondo sobre el sentimiento que la generó. Y con respecto a las expresiones de arte cotidiana debidas a la naturaleza, al no estar atribuidas a ningun individuo y además, en muchos casos, contar con la posibilidad diaria de apreciarlas, se las pasa por alto por obvias, por fáciles de obtener, por gratuitas. Generalmente en este rubro son mas valoradas las expresiones que implican una espera, un desplazamiento para su apreciación. Cabe aclarar que éstas formas naturales muchas veces nos revelan aquellos sentimientos que se encuentran en lo profundo de cada alma: como toda manifestación artística, son de libre interpretación.

miércoles, 26 de mayo de 2010

FELIPE. Capítulo III

Pasada la emoción de las primeras etapas de su nueva vida, llego la meseta de su sentir, y Felipe no encontraba nuevos desafíos, objetivos, y todo le resultaba chato, predecible. Comenzaba a plantearse experimentar aquellas cosas que desconocía en su anterior vida pero: ¿Cómo intentar probar aquello que se desconoce? Quería vivirlo todo pero no sabía por donde comenzar, no imaginaba las experiencias que esta nueva vida le presentaba, y sobre todo ignoraba aquellos sentimientos que él antes ni en sueños podía sentir. Los seres superiores no tienen emociones fuertes, no experimentan sentimientos extremos ni se dejan llevar por impulsos pasionales; todo esto los inmuniza del sufrimiento en cierta manera, pero los exime de la posibilidad de llevar al máximo las pasiones. Es considerado un bien de los sabios el no apasionarse, no dejarse llevar por arrebatos y hasta incluso no conocer el llanto o la risa extremas.

Aquellas pequeñeces que antes él ni miraba ni registraba ni consideraba siquiera existentes, ahora se cruzaban delante de sus “nuevos” sentidos haciéndole sentir maravillosas inquietudes: ingresó al mundo de los sentimientos terrenales a través de las artes de todo tipo. Como no estaba condicionado por ninguna alteración ideológica, aprendió en forma autodidacta a descubrir el arte en cada situación cotidiana que el resto de la gente pasaría por alto sin más. Los grandes maestros de la pintura, la escultura y hasta el cine lo hacían experimentar sensaciones que él creía extremas por tratarse de novedades. En su estadío evolutivo anterior (cronológicamente hablando, y no en forma peyorativa), Felipe era ajeno totalmente a este tipo de experiencias. Ahora las artes se dividían en dos grandes grupos, según su propio y arbitrario criterio: las “artes altas”, realizadas por grandes maestros, en tiempos remotos, con realidades contextuales muy diferentes, ostentadoras de una técnica sin igual; y por otro lado, las “artes cotidianas”, pequeñas intervenciones, disposiciones en el espacio, elementos conjugados azarosamente, trazos simples, palabras escasas y hasta perfectas realizaciones de la naturaleza, que están ahí a la vista de todos, pero solo las descubren como tales apenas un puñado de seres.

Ésta clasificación de los tesoros del hombre lo llevaron a conocer el verdadero motor que los hace posibles, la razón que desvela al pintor buscando el matiz exacto de un color, el motivo que hace al director pasar frío hasta lograr la toma magnífica del amanecer, la causa que se apodera del alma del escultor y lo hace elegir a esa piedra por sobre cualquier otra: solo los sentimientos pueden explicar todas estas inquietudes que parecen poseer al artista.

jueves, 20 de mayo de 2010

Cielo de aluminio



>>el día está ideal para releer una cosa que escribí hace unos años...<<

Cielo de aluminio, esta fundido otra vez
te deprime tanto brillo, destellando lo vez.
Bosque sin vida, de estacas cableadas,
conectame con las almas que no necesitan al sol.

Sacos alienados van a salvo de sentir,
piezas de tablero, muy grande para patearlo.
Oro en la vereda, gran techo plateado,
riqueza de todos, que unos pocos podemos ver.

Cielo de aluminio, esta fundido otra vez,
te deprime tanto brillo, destellando cada tres...
minutos siempre faltan, si solo ves lo que se ve.

Sistema saca vidas enteras, y devuelve centavos de momentos,
hacia abajo ganado de subte, acostumbrate a la tierra,
enlatando tus ideas, rutinaria es tu tragedia.

Autor: Adrián J. González Navarro

lunes, 17 de mayo de 2010

FELIPE. Capítulo II

Todo se complico cuando Felipe decidió hacer algo superior, aunque en realidad se trataba de bajar de categoría todo su potencial intelectual, minimalista y de sencillez sabia, para pasar a ser uno de nosotros al menos como experiencia de ser superior que desea cada tanto bajar a la tierra de los mortales mediocres. Sin que se sepa bien todavía como sucedió todo o si realmente pasó, yo lo recuerdo así: su cuerpo empezó a ser similar al mío con el porte de un extraño que sorprendió a Felipe, y paso a vivir librado de mis ataduras pero encerrado en la totalidad de nuestra realidad. Para él significo un cimbronazo absoluto, un trampolín hacia un mundo desconocido y excitante; no podía ver como yo un lugar rutinario con su educación alienante, su saturante y chato empleo de 8 horas de tedio y repetición y hasta sus ratos de belleza urbana viendo salir el primer rayo de sol entre los edificios, mientras espera ese otro tedio al que el sistema denominó transporte público.

Aún así logró ser feliz, engañado por efímeros éxitos cargados de falsedad que nos ofrece la vida urbana para que soportemos lapsos de 3 o 4 años más agrandando toda esta bola de carne. Y ya me olvidó, como se olvida lo que ya no es necesario, como se deja atrás al maestro cuando el alumno está preparado, para abrirse paso en la locura de no ser lo que fue siempre, para creer que así sería mejor que antes, cuando realmente fuera superior. Todo funcionaba sobre aceitados rieles, hasta en las más pequeñas cosas, Felipe se había adaptado a su nueva vida, se había olvidado por completo de sus tardes reptando y durmiendo más de lo normal. Se supone que ahora era feliz, y así lo creía. Tenía una rutina ordenada, invariable y fácilmente alterable en sus partes intrascendentes para convencerse de que no era rutinario su pasar por esta nueva anti vida que eligió equivocadamente. Cada lunes o martes o lo que fuera, daba lo mismo, se levantaba para el mismo lado, habiendo ya remoloneado la misma cantidad exacta e indescifrable de minutos, y así, en ese estado proto-zombie se dirigía a cumplir su ya clásica ceremonia de hacer un intenso, empetrolado y colombiano café matinal que le hacía sacar para afuera todo resto de la noche cargada de sueños o pesadillas de realización de deseos imposibles, pero fácilmente realizables con un pequeño acto de infinita hombría: bastaba con patear el tablero de su rutina, con deshacerse de toda atadura sistemática, de volver a ser el centro de todo su sistema planetario, como lo fue antes, cuando era mas chico, pero mas grande. Continuaba con la taza sostenida con ambas manos, mirando a la maldita caja achatadora de imágenes e ideas de la cual ya ninguno de nosotros estamos excluidos ni a salvo. Cuando ya estaba enterado de por dónde no debía pasar para evitar las congestiones de tránsito, aunque en sus más profundas fantasías lo deseara, fantaseando con encontrarse con la mas perfecta mitad faltante de su alma, culminando su chatura rutinaria con un profundo beso, parados encima de dos autos chocados y humeantes, recién ahí salía a cambiar la historia del mundo… el suyo, pero mundo al fin.

Como corresponde a toda buena alienación que se precie, trabajaba en una oficina y su anterior pero actual vida la había olvidado por completo, ahora solo veía pasar una tras otra las horas, contando cada día, tachando cada semana, esperando la llegaba de: la nada, para volver a tachar y tachar. Antes, cuando no era uno de los nuestros, jamás se le cruzaba por la cabeza ninguna especie de rito de conteo del tiempo, no era una dimensión que lo preocupara en lo mas mínimo, y cada minuto o cada día o cada año era tan importante como ningún otro o como todos a la vez. Hasta incluso muchas veces, que parecían pocas desde mi punto de vista “civilizado”, cuando me sorprendía rebajado a su misma categoría de sabio de los hechos, sin ninguna charlatanería, me observaba a mi con una expresión de experimentado en su rutina del ocio, riéndose en silencio ante mi aburrimiento por no saber que hacer con mi tiempo, acostumbrado a venderlo constantemente a otros, postergando como siempre, como todos, la propia felicidad de hacer lo que me vengan ganas, en el momento en que me vengan las ganas, con la frecuencia que solo yo considere necesaria, olvidando esa superstición ancestral de los días hábiles y los días de descanso.

A menudo me pregunto porqué yo tarde tantos años de mi vida en descubrir todo esto, cuál pudo haber sido el motivo de semejante tamaño de ceguera sostenida en el tiempo, donde estaría la cabeza de Felipe al pedirme tan encarecidamente abandonar su condición para bajar al subsuelo de los rutinarios aburridos. Al principio pensé que finalmente, como lógico proceso de decantación, Felipe había enloquecido. Hasta un día llegue a dudar de su naturaleza de sabiduría: ¿Cómo un erudito del vivir va a querer dejar esa vida de superación casi budista pasándose a ésta otra de rutina, aburrimiento y pocas ideas? Lo fascinante de su pensamiento era precisamente que jamás lo expresaba explícitamente, las palabras no entraron jamás en la lógica de su especie, consideraba que los hechos eran condición suficiente para imponer ideología.

lunes, 10 de mayo de 2010

FELIPE. Capítulo I

Ocurrió en un momento que aun no está muy claro cuándo ubicarlo, y continuó por demasiado tiempo. Me dejó solo pero fue culpa mía. Éramos dos y quizás mi felicidad radicaba en su dependencia, pero él no lo advertía. Con la plomiza mirada de sentir que todo terminó, asistiendo a su propio fin, encontré a Felipe sosegado y fuera de sí. Sentí que necesitaba un cambió para su vida y trate de ayudarlo, aunque ahora me arrepienta tanto. Cuando las etapas avanzan y se van definiendo los roles, todo fin queda excluido de nuestra lógica, cada paso pareciera alejarnos, pero no era el caso mi compañero, él evitaba cada simplismo que lo ayude a avanzar mas rápido pero con menos poética, sus largos caminos y por momentos, repetitivos también, nunca le generaban el menor atisbo de aburrimiento: una sombra era una maravillosa expresión del claroscuro de la realidad, un corcho de vino representaba la mas increíble maquinaria de entretenimiento, y le resultaba sorprendente cada vez que lo redescubría.

Felipe acostumbraba evitarme cuando le venían ganas de hacerlo, pero me llamaba y pedía consejos que yo, simulando saberlo todo, le ofrecía como a un hijo que se peleó en la escuela. El pibe era el espíritu libre por excelencia, pero dependía de todos a su vez. Podía dedicarse con todo su ser, entregando la vida, a realizar la mas inútil de las tareas, y aun así se sentía realizado, completo y acabado al cabo de eternos… ¡15 minutos! Las excursiones por la mente que hacemos nosotros, los que nos creemos por encima de ellos, nos llevan miles de horas, cientos de minutos, dolores de cabeza y demás sandeces, para finalmente descubrir que todo es sencillo, simple y hasta efímero. Mientras que este extraño ser y los de su tipo viven la vida, se extenúan de placer con una pequeñez y nos pegan en la nuca cual mosquiteros de la mente que, con su elástico nuevo vienen a cerrarnos la puerta de la estupidez, nosotros los “inteligentes” que hacemos rodar al mundo, pero para atrás, creemos divertirnos con complicadas parafernalias de la ciencia y la tecnología. De todas formas creo que siempre envidiamos y creemos mejor la vida del otro cuando es tan distinta de la nuestra. Y era bien diferente…

martes, 4 de mayo de 2010

Literatura

Amigos, empiezo a subir de a poco, capítulos de mi novela (aun) inconclusa, para que se entretengan y para que yo me obligue a terminarla.
Se llama "Felipe", espero que les guste....