martes, 22 de junio de 2010

FELIPE. Capítulo VI

Pasado un largo rato, Felipe no podía sacar su mirada de éste cuadro, y ya sus ojos se habían mimetizado con los de la niña de la pintura: él también los tenía enormes, vidriosos, tristemente negros. Mientras Felipe estaba ya metido completamente en la escena, detrás de él otra persona contemplaba ahora como el cuadro se había ampliado: la pintura pasó a ser una instalación con un hombre de espaldas mirando a través de un espejo a una niña de espaldas, conectados entre si e ignorando por completo la supuesta felicidad del mundo exterior, con los niños jugando.

- Que tal, mi nombre es Juana Tompson, soy la autora de la pintura. – Dijo ella en tono informativo.

Felipe volteó lentamente y al verla, su expresión de infinita tristeza se transformó en un rostro de fascinación. Se miraron por unos segundos y Felipe, ante la sensación de haber quedado expuesto en sus sentimientos, volteó rápidamente hacia el cuadro.

- ¿Usted cree que alguien la entienda y pueda comprarla? Me parece que acá todos vinieron sólo a ver a Picasso. – Preguntó Felipe con ironía.

- Sinceramente no me importa eso. – Solo contestó ella.

Felipe creyó haber salido de la situación incomoda, a salvo del supuesto peligro de haber mostrado sus sentimientos jamás vividos antes por el. Rápidamente se alejó del cuadro y su autora, fingiendo interés en otras obras cercanas, y unos momentos después, volteó para mirarla a ella otra vez. Juana Tompson miraba hacia el piso y por su expresión parecía no estar en el mismo tiempo y espacio que el resto de la gente. Se la veía con una mirada triste y nostálgica, aunque con una leve sonrisa de felicidad.

Mientras la gente seguía agolpándose para ver de cerca al Picasso, de la misma manera que se agolpaban otros afuera para escapar de la maravillosa lluvia, Felipe que aun estaba alterado por la situación, se fue rápidamente de la galería con pasos largos y decididos mientras la lluvia iba mojando completamente su pelo y su saco. Nunca había estado así de incomodo, nunca se había entristecido tanto por ver un cuadro, y desde ya, nunca había visto a una mujer tan misteriosa y oscura, tan transparente y perfecta. Solo necesitaba caminar bajo la lluvia…

lunes, 7 de junio de 2010

FELIPE. Capítulo V

Felipe devoraba libros, visitaba regularmente el cine y asistía a cada muestra de arte que llegaba a la ciudad. Estos pequeños ratos suyos lo ayudaban a soportar su nueva vida de sillas, cafeína y bidones de agua ilimitados, que disfrutaba cada día hábil entre las 8:45 y las 9:15, pero que fantaseaba con destruir a golpes, también cada día hábil, alrededor de las 15:50. Es increíble como la vida rutinaria puede ser tan cruel con una persona como él, llevándolo al extremo de agendar sus sentimientos inconcientemente, para cumplir con la cita infinita de cada día. Ése viernes salió ansioso de su edificio de vidrio eterno y se dirigió a la nueva galería de arte que celebraba su apertura con una muestra de cuadros cubistas de varios artistas. En su recorrido, la ciudad lucia maravillosa: caía una intensa y constante lluvia. Estos accidentes climáticos, estos climas “desmejorados” para el común de la gente, eran los mejores momentos de paseo para Felipe. Hombres y mujeres enloquecían, corrían, se empujaban, insultaban mirando al suelo, bailaban extrañas danzas esquivando puntas metálicas; en suma, la ciudad se volvía una antigua película sordomuda en cámara rápida. Al llegar a la muestra, la gente que estaba en el lugar parecía no estar enterada de este supuesto caos reinante en el exterior. Los trabajos expuestos obligaban al cerebro a remontarse a un mundo paralelo donde las figuras y las proporciones están sensiblemente alteradas. La vedette de la muestra era un pequeño cuadro ubicado en el lugar más privilegiado e iluminado de la sala, firmado por un tal Pablo Picasso. Felipe lo observó apenas unos minutos, para seguir su recorrido por el resto de las obras. Se había impuesto ver a cada cuadro con los mismos ojos, sin dejarse encandilar por los nombres de los grandes autores. En una sala anexa, de menor tamaño que la primera y bajo un acogedor cielorraso abovedado de ladrillos, estaban expuestos un puñado de cuadros de nuevos artistas con los que uno incluso podía tener la oportunidad de comentar las obras, porque se encontraban allí presentes. Felipe se detuvo durante un largo rato en una pintura que mostraba una habitación oscura a través de cuya ventana se veían un grupo de niños felices jugando bajo el cálido sol de una perfecta tarde de verano, con perros y mariposas a sus alrededores. Ésta escena tenia un papel protagónico en la composición y la mayoría de la gente que pasaba delante de la pintura, apenas observaba está situación unos segundos y seguía su recorrido. Pero Felipe estaba maravillado e intrigado con el costado inferior izquierdo del cuadro, donde se veía una niña sentada de espaldas al espectador, que se miraba a un espejo rajado y mostraba una borrosa expresión difícil de dilucidar a simple vista. La niña del cuadro tenía dos grandes ojos negros que contagiaron en Felipe una inmensa sensación de tristeza y desesperanza, un nudo en su estomago que él jamás había sentido antes.