Pasada la emoción de las primeras etapas de su nueva vida, llego la meseta de su sentir, y Felipe no encontraba nuevos desafíos, objetivos, y todo le resultaba chato, predecible. Comenzaba a plantearse experimentar aquellas cosas que desconocía en su anterior vida pero: ¿Cómo intentar probar aquello que se desconoce? Quería vivirlo todo pero no sabía por donde comenzar, no imaginaba las experiencias que esta nueva vida le presentaba, y sobre todo ignoraba aquellos sentimientos que él antes ni en sueños podía sentir. Los seres superiores no tienen emociones fuertes, no experimentan sentimientos extremos ni se dejan llevar por impulsos pasionales; todo esto los inmuniza del sufrimiento en cierta manera, pero los exime de la posibilidad de llevar al máximo las pasiones. Es considerado un bien de los sabios el no apasionarse, no dejarse llevar por arrebatos y hasta incluso no conocer el llanto o la risa extremas.
Aquellas pequeñeces que antes él ni miraba ni registraba ni consideraba siquiera existentes, ahora se cruzaban delante de sus “nuevos” sentidos haciéndole sentir maravillosas inquietudes: ingresó al mundo de los sentimientos terrenales a través de las artes de todo tipo. Como no estaba condicionado por ninguna alteración ideológica, aprendió en forma autodidacta a descubrir el arte en cada situación cotidiana que el resto de la gente pasaría por alto sin más. Los grandes maestros de la pintura, la escultura y hasta el cine lo hacían experimentar sensaciones que él creía extremas por tratarse de novedades. En su estadío evolutivo anterior (cronológicamente hablando, y no en forma peyorativa), Felipe era ajeno totalmente a este tipo de experiencias. Ahora las artes se dividían en dos grandes grupos, según su propio y arbitrario criterio: las “artes altas”, realizadas por grandes maestros, en tiempos remotos, con realidades contextuales muy diferentes, ostentadoras de una técnica sin igual; y por otro lado, las “artes cotidianas”, pequeñas intervenciones, disposiciones en el espacio, elementos conjugados azarosamente, trazos simples, palabras escasas y hasta perfectas realizaciones de la naturaleza, que están ahí a la vista de todos, pero solo las descubren como tales apenas un puñado de seres.
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