Todo se complico cuando Felipe decidió hacer algo superior, aunque en realidad se trataba de bajar de categoría todo su potencial intelectual, minimalista y de sencillez sabia, para pasar a ser uno de nosotros al menos como experiencia de ser superior que desea cada tanto bajar a la tierra de los mortales mediocres. Sin que se sepa bien todavía como sucedió todo o si realmente pasó, yo lo recuerdo así: su cuerpo empezó a ser similar al mío con el porte de un extraño que sorprendió a Felipe, y paso a vivir librado de mis ataduras pero encerrado en la totalidad de nuestra realidad. Para él significo un cimbronazo absoluto, un trampolín hacia un mundo desconocido y excitante; no podía ver como yo un lugar rutinario con su educación alienante, su saturante y chato empleo de 8 horas de tedio y repetición y hasta sus ratos de belleza urbana viendo salir el primer rayo de sol entre los edificios, mientras espera ese otro tedio al que el sistema denominó transporte público.
Aún así logró ser feliz, engañado por efímeros éxitos cargados de falsedad que nos ofrece la vida urbana para que soportemos lapsos de 3 o 4 años más agrandando toda esta bola de carne. Y ya me olvidó, como se olvida lo que ya no es necesario, como se deja atrás al maestro cuando el alumno está preparado, para abrirse paso en la locura de no ser lo que fue siempre, para creer que así sería mejor que antes, cuando realmente fuera superior. Todo funcionaba sobre aceitados rieles, hasta en las más pequeñas cosas, Felipe se había adaptado a su nueva vida, se había olvidado por completo de sus tardes reptando y durmiendo más de lo normal. Se supone que ahora era feliz, y así lo creía. Tenía una rutina ordenada, invariable y fácilmente alterable en sus partes intrascendentes para convencerse de que no era rutinario su pasar por esta nueva anti vida que eligió equivocadamente. Cada lunes o martes o lo que fuera, daba lo mismo, se levantaba para el mismo lado, habiendo ya remoloneado la misma cantidad exacta e indescifrable de minutos, y así, en ese estado proto-zombie se dirigía a cumplir su ya clásica ceremonia de hacer un intenso, empetrolado y colombiano café matinal que le hacía sacar para afuera todo resto de la noche cargada de sueños o pesadillas de realización de deseos imposibles, pero fácilmente realizables con un pequeño acto de infinita hombría: bastaba con patear el tablero de su rutina, con deshacerse de toda atadura sistemática, de volver a ser el centro de todo su sistema planetario, como lo fue antes, cuando era mas chico, pero mas grande. Continuaba con la taza sostenida con ambas manos, mirando a la maldita caja achatadora de imágenes e ideas de la cual ya ninguno de nosotros estamos excluidos ni a salvo. Cuando ya estaba enterado de por dónde no debía pasar para evitar las congestiones de tránsito, aunque en sus más profundas fantasías lo deseara, fantaseando con encontrarse con la mas perfecta mitad faltante de su alma, culminando su chatura rutinaria con un profundo beso, parados encima de dos autos chocados y humeantes, recién ahí salía a cambiar la historia del mundo… el suyo, pero mundo al fin.
Como corresponde a toda buena alienación que se precie, trabajaba en una oficina y su anterior pero actual vida la había olvidado por completo, ahora solo veía pasar una tras otra las horas, contando cada día, tachando cada semana, esperando la llegaba de: la nada, para volver a tachar y tachar. Antes, cuando no era uno de los nuestros, jamás se le cruzaba por la cabeza ninguna especie de rito de conteo del tiempo, no era una dimensión que lo preocupara en lo mas mínimo, y cada minuto o cada día o cada año era tan importante como ningún otro o como todos a la vez. Hasta incluso muchas veces, que parecían pocas desde mi punto de vista “civilizado”, cuando me sorprendía rebajado a su misma categoría de sabio de los hechos, sin ninguna charlatanería, me observaba a mi con una expresión de experimentado en su rutina del ocio, riéndose en silencio ante mi aburrimiento por no saber que hacer con mi tiempo, acostumbrado a venderlo constantemente a otros, postergando como siempre, como todos, la propia felicidad de hacer lo que me vengan ganas, en el momento en que me vengan las ganas, con la frecuencia que solo yo considere necesaria, olvidando esa superstición ancestral de los días hábiles y los días de descanso.
A menudo me pregunto porqué yo tarde tantos años de mi vida en descubrir todo esto, cuál pudo haber sido el motivo de semejante tamaño de ceguera sostenida en el tiempo, donde estaría la cabeza de Felipe al pedirme tan encarecidamente abandonar su condición para bajar al subsuelo de los rutinarios aburridos. Al principio pensé que finalmente, como lógico proceso de decantación, Felipe había enloquecido. Hasta un día llegue a dudar de su naturaleza de sabiduría: ¿Cómo un erudito del vivir va a querer dejar esa vida de superación casi budista pasándose a ésta otra de rutina, aburrimiento y pocas ideas? Lo fascinante de su pensamiento era precisamente que jamás lo expresaba explícitamente, las palabras no entraron jamás en la lógica de su especie, consideraba que los hechos eran condición suficiente para imponer ideología.
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