lunes, 7 de junio de 2010

FELIPE. Capítulo V

Felipe devoraba libros, visitaba regularmente el cine y asistía a cada muestra de arte que llegaba a la ciudad. Estos pequeños ratos suyos lo ayudaban a soportar su nueva vida de sillas, cafeína y bidones de agua ilimitados, que disfrutaba cada día hábil entre las 8:45 y las 9:15, pero que fantaseaba con destruir a golpes, también cada día hábil, alrededor de las 15:50. Es increíble como la vida rutinaria puede ser tan cruel con una persona como él, llevándolo al extremo de agendar sus sentimientos inconcientemente, para cumplir con la cita infinita de cada día. Ése viernes salió ansioso de su edificio de vidrio eterno y se dirigió a la nueva galería de arte que celebraba su apertura con una muestra de cuadros cubistas de varios artistas. En su recorrido, la ciudad lucia maravillosa: caía una intensa y constante lluvia. Estos accidentes climáticos, estos climas “desmejorados” para el común de la gente, eran los mejores momentos de paseo para Felipe. Hombres y mujeres enloquecían, corrían, se empujaban, insultaban mirando al suelo, bailaban extrañas danzas esquivando puntas metálicas; en suma, la ciudad se volvía una antigua película sordomuda en cámara rápida. Al llegar a la muestra, la gente que estaba en el lugar parecía no estar enterada de este supuesto caos reinante en el exterior. Los trabajos expuestos obligaban al cerebro a remontarse a un mundo paralelo donde las figuras y las proporciones están sensiblemente alteradas. La vedette de la muestra era un pequeño cuadro ubicado en el lugar más privilegiado e iluminado de la sala, firmado por un tal Pablo Picasso. Felipe lo observó apenas unos minutos, para seguir su recorrido por el resto de las obras. Se había impuesto ver a cada cuadro con los mismos ojos, sin dejarse encandilar por los nombres de los grandes autores. En una sala anexa, de menor tamaño que la primera y bajo un acogedor cielorraso abovedado de ladrillos, estaban expuestos un puñado de cuadros de nuevos artistas con los que uno incluso podía tener la oportunidad de comentar las obras, porque se encontraban allí presentes. Felipe se detuvo durante un largo rato en una pintura que mostraba una habitación oscura a través de cuya ventana se veían un grupo de niños felices jugando bajo el cálido sol de una perfecta tarde de verano, con perros y mariposas a sus alrededores. Ésta escena tenia un papel protagónico en la composición y la mayoría de la gente que pasaba delante de la pintura, apenas observaba está situación unos segundos y seguía su recorrido. Pero Felipe estaba maravillado e intrigado con el costado inferior izquierdo del cuadro, donde se veía una niña sentada de espaldas al espectador, que se miraba a un espejo rajado y mostraba una borrosa expresión difícil de dilucidar a simple vista. La niña del cuadro tenía dos grandes ojos negros que contagiaron en Felipe una inmensa sensación de tristeza y desesperanza, un nudo en su estomago que él jamás había sentido antes.

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